domingo, 9 de marzo de 2014

Tu y las anécdotas de tu llegada a mi vida.

No te gustan las mayúsculas. Pero ambos sabemos que no es bueno empezar una frase con una negación. Puede que se mal entienda el mensaje y no se llegue a saber con exactitud de qué tratas, qué acostumbras hacer, cómo escoges la comida o los lápices, si es que sufres de frío, de calor o de claustrofobia (…)
Nos reencontramos por primera vez en la vida.
Apareciste diez pasos antes de mis ojos, tu espalda, tu pelo , el pañuelo tipo palestino blanco y negro, el hilo tejido artesanal entre tu color trigo y mi apuro por encender el cigarrillo estropeado, que deseaba morir extraviado entre los pliegues de tu boca.
Ciertamente no fue una bienvenida preguntarte con cuál esquina me era mejor involucrarme para tomar la dirección correcta de los semáforos; algo pasó cuando te ofrecí ser mi guía turístico sin cheque a fecha, sólo una sonrisa era mi pago.
Fue ahí entre mi introducción a la pregunta y tu rostro apuñalándome como una lluvia de espejos rotos sobre el recuerdo. Fue ahí cuando supe que existías... 
Algo sucedió en ese instante diminuto y al mismo tiempo el abismo de la última subasta de mi corazón estallando. Eras tú. Eras el de los ojos idos como olas de playa en medio de una noche de naufragio. Tus veinte tantos  años eran para ese entonces la lejanía que significaba haberte olvidado... la cámara lenta era la violencia de sentir que habían muerto siglos sin tenerte así de cerca... la melodía de las olas y el andar de los pájaros..

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